Prensa

En Vitacura, toda la información para que sigamos creciendo con nuestra comuna

Header Prensa

PRENSA

Detalle de Noticia

bajada de fotografia
bajada de fotografia

Noche Buena: MASIVA CONCURRENCIA A MISA DEL GALLO

Lea aquí la PRÉDICA.

Alrededor de 4.000 personas asistieron a la MISA DEL GALLO realizada en el Centro Cívico de Vitacura el día de Navidad. La ceremonia fue presidida por Monseñor Fernando Chomalí Garib, Obispo Auxiliar de Santiago.

 

HOMILÍA

Navidad 2007
+Fernando Chomali G.
Obispo auxiliar de Santiago


Una madre, muy dedicada a su familia, sufría mucho por la actitud irreverente de su hijo adolescente, por sus salidas nocturnas, por su excesivo consumo de alcohol, por su modo de contestar y su violencia.

Esta buena mujer, desesperada, lo increpó y le dijo, “Hijo, ¿qué te pasa? Tienes todo: una familia, amigos, vas a un buen colegio, entrarás a la universidad, has viajado, te queremos, tienes dinero para divertirte. Hijo, ¿qué te pasa?, dime, ¿qué te pasa.?

El joven, se tomó la cabeza con las manos y llorando le decía, “Mamá, no le encuentro sentido a la vida. Me siento absolutamente vacío, he perdido toda esperanza. Mamá, no tengo ganas de vivir, la vida no tiene sentido alguno para mí.”

Es duro decirlo, pero son muchos los jóvenes que hoy se sienten así. Yo me pregunto ¿cómo no iba a sentirse vacío y encontrar su vida sin sentido si desde chico le dijeron que tenía que competir, que ser el mejor? ¿Cómo, si desde pequeño lo lanzaron en la frenética, y a veces esquizofrénica, carrera de los puntajes y las notas y ni siquiera le preguntaron qué quería hacer ni cómo estaba como persona, como joven?.

¿Cómo no iba a sentirse vacío y solo, si siempre le hicieron ver que las notas y los puntajes, en el fondo, eran más importantes que él mismo?.

¿Cómo no iba a sentirse solo y vacío y ver su vida carente de sentido si los potentes medios de comunicación lo indujeron desde muy niño, con técnicas atractivas y muy bien pensadas, en la desatada carrera del consumo? ¿Cómo si le hicieron creer que mientras más tenía más y mejor
era, incluso al poseer cosas que no necesitaba?.

¿Cómo no iba a sentirse solo y vacío y descubrir su vida carente de sentido si le dijeron que hiciera lo que quisiera, como quisiera y cuando quisiera con tal de que no diera problemas y se protegiera?.

¿Cómo no se va a sentir vacío y hastiado una persona al que se le muestran a los otros como enemigos de los que tiene que defenderse y protegerse? ¿Cómo no se va a sentir solo y vacío un joven al que en vez de ofrecerle altos ideales de vida, altas metas de orden espirituales y sociales se le ofrece entretención y “felicidad barata” en una “promo”? ¿Cómo no va estar desencantado y sin esperanza si percibe que los aspectos más nobles del ser humano, como lo es la vida pública, el mundo de los afectos y las propias celebraciones sagradas son convertidas en meros medios para
lucrar?.

¿Cómo, si cuando toda su vida y sus decisiones están encaminadas a responder la pregunta acerca de qué voy a vivir, relegando a un plano absolutamente secundario la pregunta madre de todas las preguntas: para qué voy a vivir y cuál es el sentido más profundo que tiene mi vida?.

Hermanos y hermanas he aquí el drama del siglo XXI del que como creyentes hemos de hacernos cargo, si hacernos cargos. He aquí. Las respuestas no se han hecho esperar. Desde el tango que nos dice que la vida es y será una porquería hasta la esperanza mesiánica en la ciencia y la tecnología, las que piensan que todo se soluciona con pastillas. He aquí el drama de nuestra civilización: ha perdido el norte, ha convertido en fines los medios y los medios en fines, ya no distingue con claridad el bien del mal, y el mal del bien. Ha dejado de lado lo realmente importante para centrarse en lo urgente, el lo inmediato, en lo banal.

La razón última de este sin sentido y las respuestas que se han dado que, por cierto han fracasado, es que se ha pretendido construir un mundo al margen de Dios. Sí, y al prescindir de Dios nos hemos quedado con las cosas como valor absoluto. Nos hemos quedado con las apariencias y no con la realidad. Nos hemos quedado con el foco que encandila, con la fiesta que embriaga y hemos desechado la luz que ilumina, la conversación que hace crecer. Hemos preferido el ruido y no la música. Nos hemos quedado con la velocidad del auto, pero hemos olvidado el rumbo. Hemos querido sacar a Dios de la vida, de la política, de las grandes decisiones y andamos perdidos y desorientados.

Sí, he allí el drama del siglo. Hacemos y tenemos, pero a costa de dejar de ser lo que realmente somos. Quisimos construir un mundo al margen de Dios y así, amputamos al hombre, a la mujer y a la familia de una dimensión fundamental de su existencia, de su trascendencia y de su dignidad inestimable, para reducirla a la categoría de mero material biológico, de consumo o de hacedor.

Sí, es aquí donde está el corazón del drama de este joven, del drama de Chile, del drama de la humanidad. Acortó la visión de su propia vida y la del mundo porque nadie le dijo realmente quién era, un hijo de Dios creado a su imagen y semejanza. Hemos querido construir un mundo al margen de Dios, lo hemos retirado de la esfera pública y de nuestras vidas y hemos terminando destruyéndonos a nosotros mismos.

Sí, una sociedad sin Dios se ha vuelto en contra de nosotros mismos y hemos respondido enrejando y electrificando nuestras casas, “asegurando” todo cuanto tenemos, desconfiando los unos de los otros. Hemos querido construir un mundo al margen de Dios y hemos terminado encerrados, con miedo, defendiéndonos.

Este mundo sin Dios no quiere pensar, le tiene miedo a la palabra verdad y, en nombre de la tolerancia, de la libertad, del “derecho a ser feliz” y al derecho a hacer lo que yo quiera, ha terminado entrampado en sus propios excesos. Hemos abdicado a anunciar sin ambigüedades la verdad acerca del hombre. El miedo nos ha paralizado. Este mundo clama, gime, pide Salvación.

¿Quién podrá ayudarnos? ¿Quién podrá decirnos que la vida tiene sentido, qué vale la pena vivir? ¿Quién podrá responder a las preguntas que se anidan en nuestros corazones y que esperan por una respuesta que no podemos darnos a nosotros mismos? ¿Quién?.

Algunos han puesto la confianza en la ciencia. Sin negar su altísimo valor, el que la Iglesia reconoce, es evidente que no alcanzará nunca a dar cuenta por el sentido de la vida. Eso lo sabemos y nos equivocamos cuando pensamos que lo encontraremos en un viaje exótico o lleno de lujos, o en una cirugía estética que nos sacará por un breve instante el pasar del tiempo, o en el auto más moderno o en la casa más lujosa. Aquello bienes podrán entretenernos o ayudarnos en un momento determinado, pero no salvarnos. Esa es la verdad, y lo sabemos. Todos hemos experimentado el vacío que se siente al creer que el hacer o el tener nos va a hacer felices, nos van a dar auténtica paz o a saciar los anhelos más profundos de nuestro corazón.

Necesitamos salvación, aquella que no podemos darnos a nosotros mismos. Y eso es lo que celebramos hoy. Celebramos la palabra definitiva que Dios tenía que decirle al mundo para que vuelva la auténtica paz, la verdadera alegría, y la esperanza cierta. No sin razón nos recuerda la Iglesia que Jesucristo le revela el hombre al propio hombre y le hace descubrir la sublimidad de su vocación. Sí, allí en el pesebre, está la respuesta de amor que Dios nos hace llegar. Sí, no se trata de una idea, ni de un conjunto de normas, se trata de Dios mismo, Jesucristo que se encarna y se hace
presente en la historia y la renueva de sentido, de posibilidad de un futuro mejor y de esperanza, pero por sobre todo de amor. Él nos ilumina el camino para que vivamos conforme a nuestra dignidad. Él se nos presenta como la verdad y la vida y nos dice con claridad que estamos en este mundo por Él, por quién todo fue hecho. Él nos recuerda que es nuestra meta, nuestra razón de ser. Para ello miremos a María que su vida fue un Si. A tantos Santos que hicieron de su vida un Si y lo encontraron todo.

Él, en el pesebre, nos da razones contundentes para vivir y nos recuerda que la vida es un don que adquiere sentido cuando se convierte en un don. Nos recuerda que el amor de Dios derramado por el Señor es la condición de posibilidad de vivir nuestra vocación al amor, como exigencia ética que brota de nuestra propia naturaleza. Amor concreto, real, amor exigente que implica sacrificios.

Él nos recuerda que todo lo humano, el trabajo, la familia, la juventud, los problemas, todo, ha quedado traspasado por la divinidad de Jesús, y por lo tanto nos invita a mirar con otros ojos, con los ojos de la misericordia, del perdón, de la sinceridad y del don todo cuanto acontece. Mirándolo a Él
aparece nuestra vida como una gran posibilidad para dar, para darse, y para comprendernos como hermanos e hijos de un mismo Dios y Padre.

Desde el pesebre, desde las estrellas, desde el Señor, comprendemos la altísima vocación que tiene todo ser humano desde el momento de la fecundación hasta su muerte natural. Con el Emmanuel, comprendemos la historia y los acontecimientos no desde nosotros mismos y de manera egocéntrica, sino que desde Dios. Todo nos ha de hablar de él y nuestra vida ha de ser una vida de oración, de contemplación en el mundo, el que se convierte en el lugar dónde se hace, a través nuestro, Su voluntad.

San Pablo decía, “no soy yo quién vive, es Cristo quién vive en mí”. Esta ha de ser nuestra gran y única alegría y que nos debe llevar a vivir sin temores, sin miedos, y ponernos al servicio de este plan de Salvación con nuestro testimonio de vida cristiana que se realiza en la generosidad en relación a nuestros bienes materiales y espirituales, nuestro tiempo y nuestras prioridades.

No sin razón la Iglesia nos enseña que el hombre es la única criatura amada por sí misma que no encuentra la sublimidad de su vocación sino que en la entrega sincera de sí mismo a los demás.

Este tiempo, mirando el pesebre, humilde y luminoso a la vez, puede ser nuestro gran regalo y ha de conducirnos a dejar de lado la tiranía de la belleza, del éxito, del figurar, del querer ser admirado y entrar en las exigencias del amor, de la donación, que trae alegría verdadera y paz auténtica. La Iglesia no se cansará de anunciar que hay salvación, que no hay espacio para el pesimismo y la apatía y que un mundo mejor sí es posible. La Iglesia no se cansará en denunciar todo cuanto hiere la dignidad el ser humano y que la raíz de todo mal como la violencia y la destrucción de la familia es fruto del intento de querer un mundo al margen de Dios.

Gracias Señor por este día. Gracias. Tu presencia nos recuerda que Dios nos ama y nos protege. Tu presencia nos recuerda que no estamos solos, que tú nos acompañas y que podemos esperar, aunque pensemos que nada podemos hacer, que podemos esperar aunque todo se presente como desesperanza, que podemos amar aunque todo se vea como en la oscuridad.


Publicado el: 26/12/2007